sábado, 9 de enero de 2010

La Ópera

LA ÓPERA
  • *CON ALAS HACIA LOS PARAISOS PERDUTOS DE ESE ANDEN MAGESTUOSO DE LA VIDA* Hoy llueve a placer. Los portones del olvido se abren despacio. Chirriando sus enormes puertas y saliendo a tropel los recuerdos encerrados en esas estancias añejas. Los cristales te invocan a que mires tras ellos. La imaginación vé esos palacios emergentes. Los acaricias uno a uno yendo a los lugares exactos donde se fabricaron y respiraron. Y se siente los besos en tu piel ya madura. Y las caricas regaladas. Y otro beso y otra historia. Vuelvo a mirar de nuevo por otro resquicio de cristal lloroso. Humedezco los dedos para ver sobre el empañado mundo que me ofrece y veo cambios, cambios importantes. De pié me deleito. Absorto y distinto. Sé que sólo soy un hombre. Despierto y callado. Pero un hombre tocado por un cristal. Embebido por la historia de ésta tarde lluviosa. Esperando que se haga la comida. Que cese la lluvia, para irme definitivo, a los sitios donde fui feliz y quedarme allí eterno. Ya no estaría perdido. Ni solo. Casta Diva otra vez. El cristal ha bajado de su reino y ha cobrado forma. Yo me he convertido en un Ángel barato y vuelo. De alguna manera sobrenatural he traspasado el cristal y soy yo quién da caricias y besos a los recuerdos reunidos. El portón era demasiado grande para contener la ira y los deseos el placer y la alegría. Me empapo de lluvia. Miro sin mirar y vuelo sin volar. El cristal implora que vuelva. El se siente mejor sobre el quicio de la ventana. Su destino de siempre y definitivo. Pero no quiero. Me siento con sustancia suficiente para coger otro tren que se me presenta oportuno. Y vagar brillante por mis reinos antiguos. La comida real huele. Me llama. Implora mi presencia. Se ha terminado el veneno calido de esa ópera y me veo acariciando al cristal que llora. Y la realidad otra vez. Las confesiones. Mis enamoros por todo. Mi felicidad de Alma apaciguada como estrella que pesa. El camino presente que me apetece más que el de ayer. Así que lo dejo. La razón implora su despojo y añoranzas que me ofrece. Ahí inerte, dependiendo de un quicio. Encendido siempre. Pegado como peregrino andante, a sus historias. Imitador y provocador. Florecedor y cautivo. Lo dejo ya. Porque nunca se cansa de contar. Cristal viejo y lascivo aprende a vivir primero y déjame en paz por unos momentos. He cogido la autopista más próxima e invoco despacio, con amor y respeto, su nombre diciendo, arrastrando por mi boca, su nombre: Cristal...Cristal...Cristal.

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